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Opinión

Christopher Carballo Rojas

Las nuevas guerras de la ciencia: el negacionismo del cambio climático

03 de abril, 2019 1:14 am
Las nuevas guerras de la ciencia: el negacionismo del cambio climático
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«Describir no solo es informar; también es alarmar, es conmover, es poner en movimiento, llamar la atención»

Bruno Latour

¿Qué posición debemos adoptar, como especie, ante una crisis ecológica que parece incluso invertir la vieja premisa Moderna de la naturaleza pasiva y la cultura como agente activo y externo que la moldea a su antojo? Insinúa Bruno Latour, a modo de provocación, que el lugar de objeto inanimado, hoy, podría estar siendo ocupado por las sociedades humanas que parece que nada pueden hacer ante la catástrofe que ellas mismas ocasionaron. ¿Nos hemos convertido en el receptáculo pasivo a corto y largo plazo de los embates del cambio climático, del aumento de la temperatura y del CO2 en la atmósfera, de los efectos mortíferos derivados del exterminio de artrópodos vitales para la cadena trófica, de la acidificación de los océanos y del ascenso del nivel del mar? Esta es una de las paradojas que debemos resolver.

Para encuadrar lo anterior, me permito citar un valioso aporte que Oliver Morton elabora en su libro Eating the Sun: How Plants Power the Planet:

Hoy, nuestra civilización se mide en la misma escala que la tectónica de placas: la humanidad necesita aproximadamente trece terawatts de energía para funcionar como lo hace hoy. En comparación, el flujo de energía proveniente del centro de la Tierra es de alrededor de cuarenta terawatts. La proporción de recursos utilizados para mantener este ritmo, sin duda ha sido una de las causas de que nos veamos forzados a hablar de crisis ecológica, de puntos de no retorno y de procesos homologables -por sus efectos, no por sus causas- a las 5 extinciones masivas que han marcado y puesto en jaque la historia de la vida sobre la Tierra.

Entonces, ¿cuál es la motivación detrás de las posturas negacionistas de la crisis ecológica, del cambio climático? Me voy a limitar a revisar una de las objeciones de los negacionistas: la aparente falta de neutralidad de los hombres y mujeres de ciencia que aportan evidencia «sesgada» en favor de posiciones «alarmistas». Lo cierto es que, a estas alturas, es imposible que la evidencia científica logre solamente ser encriptada en clave descriptiva, porque cualquier descripción llevará implícitos múltiples llamados de atención. Esta sentencia augura también una advertencia para la producción científica: es hora de tomar partido, la neutralidad como valor ha configurado un estándar inalcanzable y ha sido cooptado por un negacionismo relativamente sofisticado, que secuestra el vocabulario neopositivista para desacreditar los hallazgos científicos. Latour en su libro Facing Gaia. Eight Lectures on the New Climatic Regime sostiene que la pretensión de neutralidad valorativa que trata de aislar los objetos, métodos y producciones científicas de las valoraciones subjetivas de la persona investigadora, se ha tornado cada vez más impracticable en un contexto de crisis ecológica, en el antropoceno, donde la especie humana se ha consolidado como una de las principales fuerzas geológicas. Bajo el Nuevo Régimen Climático, la elaboración de datos descriptivos fidedignos se vuelve inseparable de las señales de alerta.

Ante el auge de las posiciones negacionistas en todos los niveles de la sociedad, desde grandes corporaciones y oligopolios transnacionales incómodos con los hallazgos científicos, hasta presidentes de potencias mundiales y regionales, algunos filósofos de la ciencia, incluido el propio Latour, sostienen que nos encontramos en medio de una reconfiguración de las Guerras de la Ciencia, una serie de debates académicos en la cual distintas posiciones científicas pugnaban entorno a aquello que debía o no ser considerado científico, libradas durante las últimas tres décadas del siglo pasado. Hoy, esa recomposición estriba, más que en una disputa entre los enfoques neopositivistas y las críticas esbozadas por las ciencias naturales y sociales más heterodoxas y la filosofía hacia estas posiciones, en la necesidad de afianzar la credibilidad misma de los métodos y la evidencia recopilada por quienes están tratando de decir que nos encontramos en medio de una sexta extinción masiva, en medio de una crisis ecológica de escala global para la cual nuestra especie ha sido condición de posibilidad.

A propósito del neopositivismo científico y de las Guerras de la Ciencia, vale la pena tomar nota de los efectos perjudiciales de la construcción moderna de naturaleza como objeto desprovisto de toda agencia, inerte y externo al sujeto que lo utiliza como bóveda de recursos o como material de experimentación. Brevemente: el neopositivismo, en favor de la neutralidad, realiza un corte de orden epistemológico que implica mantener la separación entre sujeto que conoce y objeto de conocimiento; requiere, por tanto, desanimar la naturaleza para sobreanimar la agencia humana. Como ya mencioné, esta lógica, en medio de la crisis ecológica, se ha tornado cada vez más inviable, pues los efectos de nuestras acciones sobre ese objeto de conocimiento “ajeno”, afectan directamente nuestra cotidianidad, nos obliga a calcular riesgos, a elaborar estimaciones, diagnósticos y pronósticos, a preguntarnos ¿dónde estaremos dentro de un par de décadas?, nos recuerda que somos parte del medio ambiente que destruimos.

Esto ha sido siempre así, los factores ambientales han influenciado nuestra ruta evolutiva y visión de mundo, han sido clave en el ensamblaje del sujeto y de las herramientas epistemológicas que usa para conocer el entorno que lo rodea. Ahora, a diferencia de las premisas darwinianas, donde los organismos se adaptan a un ambiente dado de facto, los seres vivos también afectan su ambiente, adaptándolo a ellos. El ejemplo más paradigmático —y a la vez trágico— sería el antropoceno. Si pensamos que el ambiente es una condición catalizadora de adaptaciones evolutivas y, por lo tanto, toda modificación significativa en el ambiente se constituye en fuerza evolutiva, podemos afirmar que la especie humana es, al mismo tiempo, una fuerza evolutiva que afecta su propia evolución. Constantemente modificamos nuestro entorno ambiental, social y abiótico, generando presiones ecológicas que afectan nuestras trayectorias evolutivas. La bióloga y filósofa Siobhan Guerrero llama a este proceso «constructivismo social evolutivo«.

Naturaleza y humanidad no son reinos separados: compartimos destinos. El sostenido decrecimiento de las poblaciones de aves e insectos polinizadores —a razón del uso masivo de pesticidas—, los cambios de temperatura que alteran los sistemas de orientación de ciertas especies, los incendios forestales y la deforestación, representa una amenaza de proporciones globales para el abastecimiento alimentario de todas las especies de animales, humanos y no humanos. Según la FAO, de las poco más de 100 especies de cultivos que proporcionan el 90% del suministro de alimentos para 146 países, 71 son polinizadas por abejas y en América del Norte y Europa, casi la totalidad de variedades silvestres de abeja han desaparecido. Otro tanto mariposas y murciélagos polinizadores. Y el destino de estas especies augura el de la nuestra.

La batalla que libramos es multilateral: no solo tenemos que hacernos cargo del desastre que ocasionamos, también tenemos que probar que habitamos la catástrofe, no debemos dar lugar al negacionismo que se vale de la habituación y de la costumbre que suscita una crisis de origen tan próximo, y por tanto tan cotidiano, a nosotros: la humanidad. Paradójicamente, dice Latour, hoy su trabajo es defender a los científicos frente al negacionismo, pese a que durante 4 décadas se dedicó a rebatir los estándares positivistas y antidemocráticos de cierta forma hegemónica de hacer ciencia.

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